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Encierro, angustia y después




Por Diego Carballido


 

El presidente Alberto Fernández acaba de anunciar la continuidad de las medidas de aislamiento en los grandes centros urbanos del país. Vale aclarar lo de grandes centros urbanos porque para los que viven, por ejemplo, en La Pampa y que ya disfrutan de una flamante fase 5 de aislamiento, poco les modificará en sus vidas las restricciones que sufran Capital Federal o el cordón del conurbano bonaerense, a no ser por los traslados o controles en los viajes interprovinciales.

En Rosario la novedad es el regreso, además de los colectivos, de las reuniones familiares o “afectivas”, palabra que abre un amplio espectro, junto con el permiso para realizar algunas actividades físicas y la posibilidad de apertura de bares y restaurantes. Indicios del comienzo de algo parecido a aquello que conocíamos como la vida cotidiana antes de la pandemia.

Una vez Joaquín Sabina, abrumado por los excesos pero de pluma impecable, se preguntó quién le había robado el mes de abril. Seguramente, por estos días se debe estar preguntando también por el mes de mayo. Luego de transitar más de sesenta días de un estricto aislamiento obligatorio, muchos de los usos y costumbres que conocíamos tuvieron que mutar, dando paso a la virtualidad como la gran estrella de este confinamiento. Hablamos siempre de quienes han tenido la posibilidad de acceder a una conectividad, a diferencia de la enorme cantidad de personas que, producto de esta situación extraordinaria, han sufrido la peor cara de la pandemia no pudiendo satisfacer ni siquiera sus necesidades básicas.

Coronavirus, falta de contacto físico, el enemigo invisible, aislamiento, aplanar curvas y un país que ya tenía serios problemas sociales, al que ahora se le sumó este botón de stop en la economía mundial. Visto de esta manera, sobran los motivos para angustiarse. Pero como el mismo Presidente se interrogó en su anterior conferencia de prensa: “¿Es angustiante salvarse?” A lo que se respondió: “Angustiante es enfermarse. Angustiante es que el Estado te abandone”.



Profundizando en esa palabra, la angustia, fue que desde Sin Cerco consultamos al psicólogo Fernando Díaz (Mat. 4943) en busca de una mirada analítica respecto a la cuestión.

— Si lo pensamos desde tu campo de trabajo ¿A qué hace referencia la angustia?

— En el campo de la psicología existen diferentes marcos teóricos, en el que yo me baso es en el psicoanálisis y ahí, finales el siglo XIX, Freud ya hablaba de la angustia como una emoción que siente el bebé cuando el adulto, el otro que asiste, se ausenta y genera un aumento de la tensión amenazante. Una situación que produce desamparo. Freud toma estos primeros momentos vividos, donde se ausenta el otro que asiste, como una situación donde corre riesgo su vida. Eso genera numerosas cuestiones a nivel orgánico en el sentido en que, una vez adulto, la sensación de angustia o desamparo deviene en respuestas que se relacionan con el estrés.

— ¿La angustia es una especie de señal de alarma?             

— Sí, es una señal de que algo está andando mal y en, algún punto, se vincula con la sensación de desamparo y de no saber cómo salir.

— Por lo tanto, está dentro de lo previsto que una persona se angustie.

— Claro, la psicología más relacionada con la intervención en situaciones de emergencia, que básicamente no es hacer un psicoanálisis sino actuar en intervenciones tempranas, lo denomina "prácticas de salud mental y apoyo psicosocial". Se refieren a que toda situación excepcional, como puede ser un terremoto donde está en juego la integridad física y se desestructura el orden social establecido, va a generar muchas respuestas que son normales. Aunque produzcan molestia, son esperables. De repente, una pandemia te obliga a estar confinado en tu casa y cada uno va a generar respuestas que son esperables, relacionadas con la ansiedad, el miedo, la angustia, la irritabilidad o el cansancio.

Reacciones ante una situación de incertidumbre. Como si las estructuras que componen la rutina nos brindan la seguridad que evita esa angustia. 

—Hay una cierta similitud, pero sin duda no son un signo de que padecemos una enfermedad mental. Todas las respuestas de las que venimos hablando son esperables y, la mayoría de las veces, finalizan junto con la situación extraordinaria. Pueden quedar ciertas secuelas que requieran un tratamiento, como por ejemplo fobias o miedos, pero no podemos generalizar. No todos vamos a tener en un futuro consecuencias psicológicas por lo que estamos viviendo. En este punto, es necesario ver también la prolongación en el tiempo de esta situación.

—Se habla del ingreso a una nueva normalidad ¿Crees que van a quedar consecuencias de la falta del contacto físico y su reemplazo por formas de comunicación más virtuales?

— Hoy la tecnología es una herramienta, como dice Chomsky, que se puede utilizar para hacer el bien o para hacer daño. De alguna manera suple, con sus limitaciones, al contacto físico. Imaginemos esta pandemia sin celulares ni internet. Podría haber sido mucho más difícil de transitar. Nos obligó a aprender a utilizar ciertas herramientas que no veníamos utilizando. No para suplantar el contacto humano, pero sí para tener más en cuenta a la tecnología.

— ¿Qué rescatas como un hecho positivo que deja la pandemia?

— El sentido de lo colectivo, la solidaridad y la posibilidad de pensar que si el otro se cuida me va a cuidar a mí. Aunque, según dicen los historiadores, después de las grandes pestes la gente se termina olvidando y continúa con su vida normal. Esta situación, en algún momento se va a terminar y puede dejar consecuencias en una primera instancia, pero no creo que perduren en el tiempo.

— ¿Qué sucede cuando nos ponen límites? Me refiero a la discusión sobre la presencia del Estado en la libre circulación.

— El Estado argentino, en un primer momento, fue significante al dar una cierta seguridad protegiendo a los adultos mayores y a las personas que conforman el grupo de riesgo. No eligió seguir produciendo, como sucedió en Brasil o EE.UU. y donde hubo miles de muertos. Esa situación es de cierto amparo y me parece que esa posición puede ser tomada como algo positivo pero también hay gente que no le interesa el rol del Estado por su posición ideológica, más bien neoliberal, y solo le interesa el bienestar personal. Se puede discutir sobre esta cuestión desde una postura filosófica más hedonista, hasta una posición donde se ubique al Estado como un órgano represivo. En todo juega un rol fundamental los medios de comunicación. Porque existe un fogoneo constante de todas las posiciones más cercanas a la derecha que ejercen presión para no perder cierto grado de libertad, que ellos dicen perder. Después podemos discutir una cuestión más de vigilancia, pero ¿dónde está el límite entre el cuidado y la vigilancia? Si pensamos en un niño que se rige por el principio del placer, si le das cuarenta chocolates se los va a comer todos y el límite del adulto resulta necesario. Salvando las distancias entre un niño y un adulto, el Estado tiene que cumplir ese rol protector de imponer ciertos límite y de poder trasmitirlo.

— No parece haber una manera simpática de imponer límites.

— Si vamos al contrato social, todos cedemos algo para poder vivir en sociedad, Ya lo hablaba Freud en el Malestar de la Cultura, la sociedad y su cultura generan una cierta represión que se traduce en malestar, porque no podemos hacer lo que cada uno quiere. De alguna manera, el límite tiene que ser claro y por intermedio de la ley. Poner una norma a través de la ternura se puede, de hecho el Presidente lo hace, y también se puede hacer mediante golpes y palos. Pero siempre hay una cierta imposición, porque sabemos que la razón humana es contradictoria y alguno puede decidir no cuidarse.

— ¿Estamos potenciando la cuestión del encierro llamándolo de esa manera? Digo, tenemos las salidas limitadas, pero sabemos que el verdadero encierro se tiene cuando estás privado de tu libertad, por ejemplo, en una unidad penitenciaria.

— Un efecto genera. Por más que el Estado te quiera amparar y dar posibilidades, genera un efecto por el hecho de cambiar cada uno de modalidad de vida y se vive con cierto malestar. El problema es homologar eso con un trastorno mental. Hay que ver qué dicen los especialistas del tema y evaluar qué es lo mejor para el país y luego decidir cuando se termina la cuarentena. Decir que por motivos de la angustia debe finalizar, no me remite a una posición pensada con argumentos sino más bien a una postura ideológica con intereses económicos.

Fotografía: Página 12

 

 

 
Post date: 2020-06-05 14:55:00
Post date GMT: 2020-06-05 14:55:00

Post modified date: 2020-07-07 13:12:47
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