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Una tarde de domingo (no importa cuando leas esto)




Por Diego Carballido

Nunca me tocó escribir tanto la palabra virus como en estos días. Contrariamente a lo que puede estar sufriendo alguien que transcurre su vida recorriendo las calles, en mi caso el aislamiento puso límites concretos a algo que ya sospechaba: paso gran parte del día frente a una computadora y en casa.

De todas maneras, algunas escenas que me tocó transitar hablan de una situación extraordinaria.

Como el día que todas las tapas de los diarios se unificaron en una única voz, poniendo en claro que comenzábamos la batalla contra un enemigo en común. El “enemigo invisible”  como dijo Alberto. Alguien debería estar pensando en la salud de ese hombre. Recorre obras, sale en móviles en vivo por televisión, atiende el teléfono y hasta se da el lujo de contestar en Twitter. Todavía es muy temprano para hacer balances pero da la sensación que el presidente se está jugando un rol importante en esta pandemia. Ya veremos, todavía es demasiado apresurado.

Pocas cosas me hicieron acordar tanto a una escena del cine catástrofe oriental como cuando entré al supermercado chino cerca de casa, el de siempre, todes tienen su supermercado chino de confianza, y ahí me recibieron barbijo de por medio. Tenía la sonrisa y la amabilidad de siempre, pero ahora intermediada por una tela de color celeste que le cubría gran parte del rostro. “Prevención” me dijo. Se me ocurrían mil preguntas para hacerle, pero no tenía ganas de seguir trabajando a esa hora de la noche. Preferí meter la mercadería en la bolsa de los mandados y seguir camino.

La adrenalina que tuve en la caminata de ida al supermercado no me dejó apreciar el paisaje. Me sentía como un inmigrante ilegal queriendo cruzar la frontera de alguno de esos países que son muy poco amables con sus vecinos. Igual, pero con una bolsa de mandados abajo del brazo.

A la vuelta, me tomé el trabajo de observar con detenimiento.

Ahí me di cuenta de que el tiempo se había modificado.

El aislamiento cambió el paisaje de las calles atrofiadas de tránsito y ahora, si bien el reloj marcaba las 20:30, en las calles era como las 4 de la mañana.

A lo lejos, apenas se vía la luz del único colectivo que va a pasar por un buen rato. La cuarentena decretó que siempre fuera domingo por la tarde. No importa lo que diga el reloj. No importa lo que diga el almanaque.

La ciudad se convirtió en el sueño de cualquier delivery. Se pueden recorrer veredas y calles en soledad sin nada que detenga o retrase la llegada a destino.

Sonidos que estaban ocultos por el bullicio de los motores empiezan a emerger. Resulta que hay pájaros en cada  una de las esquinas, nunca los había notado.

Sin duda que esta situación nos va a hacer emerger diferentes. Todo aquello que nos pedía resolución, hoy se volvió secundario. Todo puede esperar cuando lo que está en juego es la salud de quienes nos rodean.

¿Todos comprendieron rápidamente eso? Por supuesto que no. Esta situación dejó en evidencia a los que no soportan los límites impuestos por un Estado que pretende minimizar los daños. Quienes tienen algunas nociones de política, dicen que el problema de los límites es una cuestión de clase. Algo que al coronavirus le importa bastante poco.

 
Post date: 2020-03-29 13:38:10
Post date GMT: 2020-03-29 13:38:10

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