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Qué pasa cuando la indignación se estanca entre fronteras digitales




Por Azul Martinez.   Fotografías: Ana Isla

 

En la mañana del lunes 14 de enero, el cuerpo de una joven de 17 años, Agustina Imvinkelried, fue encontrado en una zona rural al sur de Esperanza, una ciudad ubicada a 40 km de la capital de Santa Fe. Agustina era intensamente buscada desde el domingo cuando, luego de una salida con amigas, nunca regresó a su hogar.

Paralelamente a su búsqueda, un hombre de 39 años, Pablo Trionfini, se quitaba la vida ahorcándose en su vivienda, a tan solo quince cuadras del boliche donde Agustina había elegido salir esa noche. Las cámaras de seguridad lo registraron hablándole a la adolescente con la que minutos después se iría en su auto. Pablo Trionfini se encargó de que Agustina no volviera nunca más a su casa y de que no pudiera salir nunca más a divertirse como lo hizo esa noche. La asesinó y abandonó su cuerpo en un descampado antes de volver a hacer su vida normalmente, al menos por un día más.

Casi en el mismo momento en que se empezó a difundir la noticia de que habían encontrado el cuerpo de Agustina, los medios informaron que Trionfini se había ahorcado. Las redes sociales ardieron con mensajes y consignas feministas que daban cuenta de la impotencia y la bronca de asumir que en tan solo dos semanas del 2019 ya llevábamos contabilizados siete femicidios y que tan solo 48 horas después ese número ya había ascendido a nueve. Historias en Instagram, estados en Facebook, fotos y videos comenzaron a circular formando parte de una trama colectiva digital de indignación y dolor.

Un fenómeno que estuvo en sintonía con la puesta en circulación de estos contenidos, desde que se conoció el nombre del femicida, fue la catarata de mensajes que gran cantidad de usuarios comenzaron a esparcir por todo el Facebook de Trionfini. En las fotos y enlaces que el asesino había compartido en el último tiempo empezaron a aparecer un sinfín de insultos y agresiones que fueron en ascenso durante las últimas horas.

Muchos y muchas también hicieron posteos compartiendo las mismas fotos del asesino, sus estados y enlaces, haciendo circular un enorme repudio que ya no era motivado solamente por el asesinato de Agustina. Era un repudio generalizado también frente los valores que Trionfini defendía y que demostraban, una vez más, que el femicida lejos de ser un monstruo era un hijo sano del patriarcado.



En su caso, además de indignarse por el maltrato animal, por los bunkers de droga y por los pibes que afanan en la calle, Trionfini también se indignaba por la posibilidad de que se legalizara el aborto, porque a Darthes se lo acusara de violador, por las marchas contra la violencia de género, compartiendo notas que ridiculizaban al movimiento feminista y numerosos chistes machistas. Seguramente la lista de tópicos que lo indignaban es más larga, lo que sí queda en claro es que repudiaba estos hechos con la misma violencia con la que muchas y muchos hoy lo repudian a él.

Entre los comentarios en sus distintas publicaciones algunos usuarios preguntan qué sentido tiene insultar y despreciar a una persona que ya está muerta y no va a leer sus mensajes. Otros y otras responden que al menos este acto es liberador y de esta forma pueden descargarse y decir lo que piensan. Que Internet y las redes sociales tienen un costado democrático que favorece la participación ciudadana está claro. Ahora bien, la pregunta que surge y que ya ha sido formulada por algunos investigadores previamente, es si toda esa indignación y esa catarsis colectiva digital puede encauzarse en acciones concretas que tengan su correlato en la vida off line y que apunten a disputar las estructuras de poder para generar cambios permanentes.

Hace tiempo que el colectivo de mujeres e identidades diversas se colocaron en el centro de la escena para llevar adelante esta clase de acciones, aprovechando la capacidad de organización que las mismas redes sociales nos permiten y que no hay que dejar de destacar. De hecho, la convocatoria del lunes por la noche en la Plaza San Martín, donde miles de personas se reunieron para exigir justicia por Agustina y el cese de los femicidios, fue armada y logró una convocatoria tan grande gracias al uso de estas.



Sin embargo, creo que no hay que perder de vista que como sociedad todavía nos faltan ser muchos y muchas más en las calles, menos personas indignadas detrás de un perfil y más movilizándose y exigiéndole al Estado respuestas concretas. Hoy, todavía son muchas las voces que empiezan y terminan dentro del mundo virtual. Entonces: ¿Cómo hacemos para que esas mismas voces traspasen los diálogos virtuales y empiecen a manifestarse en otros ámbitos?

En su libro “En el Enjambre” publicado en el año 2013, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, aborda el impacto que las nuevas tecnologías tienen en nuestra cultura y de qué modo la revolución digital, internet y las redes sociales han transformado la esencia misma de la sociedad y se ha formado una nueva masa: el enjambre digital. Para el autor esta masa está conformada por individuos aislados que carecen de un nosotros capaz de una acción común. Han opina que el ruido constante en las redes, destruye el silencio que invita a reflexionar: “las olas de indignación son muy eficientes para aglutinar y llamar la atención. Pero en función de su carácter fluido y de su volatilidad no son apropiadas para configurar el discurso público, el espacio público. Para esto son demasiado incontrolables, incalculables, inestables, efímeras y amorfas. Crecen súbitamente y se disipan con la misma rapidez.

Y esas olas son mucho más peligrosas cuando, sin darnos cuenta, terminamos reproduciendo con nuestros comentarios modos de accionar que responden al mismo hecho que genera nuestra indignación. Así, entre los mensajes en el Facebook de Trionfini, encontramos personas que se indignan por el asesinato de Agustina, pero se lamentan de que el asesino no esté vivo para hacer justicia por mano propia, para poder torturarlo o violarlo hasta la muerte. Si no percibimos esta contradicción, terminamos avalando la misma cultura violenta en donde tienen lugar los femicidios diarios. Como dice el militante Lucho Fabbri: “En última instancia, festejar la violación a un violador, no es más que la confesión de la reivindicación de la cultura de la violación”.

¿Qué podemos hacer entonces? fundirnos en un abrazo colectivo de resistencia y seguir peleando porque esta cultura cambie. Necesitamos sumar ciudadanos y ciudadanas que se indignen sí, pero que hagan de su indignación movimiento, que transforme su bronca en batalla y que esa batalla la den junto a otros, otras, otres. Que luchen por construir un mundo más justo e igualitario y se involucren en un proceso de deconstrucción y aprendizaje constante. Necesitamos personas que dejen de creer que la violencia se soluciona con más violencia porque, al fin y al cabo, si consideran que hacer justicia es obrar mediante actos que en otros contextos repudian, seguramente compartan con el victimario mucho más de lo que conscientemente están dispuestas a admitir.

Post date: 2019-01-20 23:22:58
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