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Los caminos del "Che" en Guatemala




Por Azul Martinez. Fotografías: Julián Miconi.

Mucho se ha escrito sobre la vida del Che Guevara y sus años de guerrilla en Cuba. Numerosos biógrafos se encargaron de investigar a fondo sus expediciones, batallas, liderazgo en combates, desempeño en cargos políticos y militares, misiones oficiales hechas en nombre del gobierno de Cuba. Todas estas investigaciones han posicionado a Guevara como una de las figuras fundamentales y líderes indiscutidos de la Revolución Cubana. Cuando se habla de él, es común que se generen fuertes controversias entre aquellos que lo conciben como un símbolo de la lucha contra el imperialismo y las injusticias sociales y sus detractores, que le adjudican haber asesinado a un gran número de personas para llevar a cabo sus objetivos revolucionarios.

Mucho se ha hablado sobre el Che, pero poco sobre Ernesto, aquel joven argentino nacido en Rosario, cuya familia debió mudarse en reiteradas ocasiones durante su infancia y adolescencia, que eligió estudiar la carrera de medicina en la Universidad de Buenos Aires y conoció numerosos países a lo largo de su juventud. Fue justamente después de recibirse, en su segundo viaje por América Latina en 1953, que Ernesto llegó a Guatemala. Allí, es donde conoció a los primeros exiliados provenientes de Cuba y se terminó de convencer de la ideología comunista. Las experiencias vividas en este país fueron clave para terminar de delinear la personalidad combativa de Guevara que, tras nueve meses, partió rumbo a México para encontrarse con sus nuevos colegas. Uno de ellos, el cubano Ñico López, fue quien lo presentaría a Raúl Castro y este último a Fidel.

Myrna Torres Rivas es una maestra y escritora guatemalteca, hija de Marta Rivas, maestra nacida en Guatemala y del nicaragüense Edelberto Torres Espinoza, profesor de literatura e historia y revolucionario que luchó en contra de gobiernos dictatoriales como el de Anastasio Somoza García. Hace dos semanas, Myrna vino a Rosario a presentar su nuevo libro "De médico a combatiente: El tercer viaje de Ernesto Guevara", donde relata su amistad con el argentino y anécdotas que el Che vivió en su país. Todo bajo la luz de un contexto político en ebullición, ya que además de haber sido en ese momento uno de los principales refugios donde acudían exiliados de toda América Latina y Central, un golpe dirigido por el gobierno de Estados Unidos logró derrocar el 27 de junio de 1954 al gobierno democrático de Jacobo Árbenz, instalando una dictadura que cambiaría completamente el panorama de esa tierra.

Un país en vías de reconstrucción

En la fría y lluviosa mañana del 24 de noviembre, con café y mates de por medio, Myrna cuenta a Sin Cerco cómo fue el día en que conoció a Ernesto. "Me encontraba trabajando como secretaria en el Instituto de Fomento a la Productividad, que era un organismo que había sido creado por la revolución para ayudar con préstamos a los pequeños agricultores y gente de la clase media para que pudieran poner alguna industria o empresa o para la siembra de caña, chicle, cacao o café. Recuerdo que el 27 de diciembre de 1953 llegó un argentino con una carta de recomendación de alguien muy importante de su país para presentarle al director Nuñez Aguilar. Era el médico Ernesto Guevara", cuenta y su rostro transmite un sentimiento de profunda emoción.



En Guatemala, se desarrollaba desde 1945 un proceso democrático que también era de independencia económica. Atraído por la enorme reforma agraria que estaba llevando adelante el gobierno de Jacobo Árbenz es que Ernesto, junto a Gualo García -un joven platense que había conocido en Guayaquil-, decidió cambiar el destino de su viaje que era Venezuela para dirigirse a Guatemala. Según Myrna, el haber estado previamente en Bolivia, donde también se había dado una reforma agraria, fue lo que motivó el viaje a su país. "Algo no le cuadró totalmente de la reforma en Bolivia y por eso le interesó tanto venir a Guatemala, porque la nuestra se hizo pensando en el futuro del pueblo. Es en mi país que él comprueba que puede haber alegría, porque venía viendo la tristeza del indio chileno, la tristeza del indio boliviano y aquí las cosas eran distintas", relata Torres Rivas.

"Yo recuerdo de niña que no quería pensar mal de Ubico porque creía que me podían adivinar el pensamiento"



Estas políticas populares estaban siendo profundizadas desde hacía varios años, aunque para los guatemaltecos eran todavía una novedad. La escritora recuerda cómo en su infancia, con el militar Jorge Ubico Castañeda al mando durante trece años, las cosas eran muy diferentes. Era un gobierno totalitario, una "tiranía" según sus propias palabras, que sometió a su gente a años de hambre y pobreza. El estado de desesperación era tan grande, que los maestros encabezaron junto con los estudiantes universitarios grandes manifestaciones sin armas para exigir su destitución. A su vez, le presentaron una carta que enumeraba una serie de motivos por los cuales debía renunciar, firmada también por gente de clase media entre los que estaba el médico personal del presidente. A causa del descontento popular generalizado, el mismo terminó presentando su renuncia el 1 de julio de 1944. El pueblo estaba feliz, era tal el terror que reinó durante todo ese tiempo que hasta Myrna cuenta cómo ya de pequeña había llegado a experimentarlo: "Yo recuerdo de niña que no quería pensar mal de Ubico porque creía que me podían adivinar el pensamiento"

Meses duros y decisivos

Dentro del Instituto, la escritora era compañera de trabajo de una economista peruana, que se había exiliado en Guatemala para escapar del gobierno dictatorial de Manuel Odría en su país. Se trataba de Hilda Gadea, quien al año y medio se convertiría en la primera esposa del Che. Fue ella quien esa mañana apareció con Guevara en su oficina y los presentó. "Más tarde ese día, Ernesto me dijo que quería que mi padre lo recibiese para hablar con él, porque estaba buscando políticos", cuenta haciendo uso de una memoria prodigiosa. La mujer acude a su libro para corroborar con exactitud que la reunión se dio a los pocos días, la noche del 2 de enero de 1954.

“Ñico fue el primero que me habló de Fidel y el socialismo. Vamos a hacer la revolución y a triunfar, me decía”



Su casa fue el centro de grandes reuniones y fiestas y punto clave para entablar relaciones sociales, fue allí que conoció a un grupo de revolucionarios cubanos que habían logrado escaparse de las tropas del militar y en ese entonces presidente de Cuba, Fulgencio Batista, tras el fallido intento de tomar el Cuartel de Bayamo. La escritora se encariñó particularmente con uno de ellos, Ñico López, joven revolucionario y amigo de Fidel Castro, que esa misma noche del 2 de enero en la residencia de los Torres, conocería a Guevara. Su amistad sería decisiva para que el joven médico terminara de definir sus ideas políticas. Muchos afirman que fue el mismo López quien le puso a Ernesto el apodo de "Che", por ser una interjección que el argentino usaba frecuentemente.

"Ñico fue el primero que me habló de Fidel y el socialismo. Vamos a hacer la revolución y a triunfar, me decía", rememora Myrna. En ese entonces, ésta era una premisa que sonaba más a algo utópico que posible, pero ella no se imaginaba que a los pocos años, en Cuba, las palabras de López se harían realidad. En esa época, era una joven amante de las fiestas y los carnavales, muy amistosa, que recién comenzaba a conocer un poco más sobre la política del momento, si bien algunas nociones ya las traía heredadas por la familia en la que le había tocado nacer.

Al continuar su relato, la escritora cuenta que, desde su llegada a Guatemala, Ernesto trató por todos los medios de trabajar como médico y que nunca tuvo éxito, aunque rebate la explicación que da Hilda Gadea en su libro sobre el Che "Los años decisivos", donde afirma que para lograrlo uno debía hablar sí o sí con Víctor Manuel Gutiérrez, miembro del comité central del Partido Comunista, para afiliarse al mismo, hecho que Guevara habría rechazado ofendido. "Eso es una mentira y el mismo Ernesto en su libro sobre Guatemala 'Otra vez' escribió que dudaba de que eso que le habían comentado fuera cierto", destaca Torres Rivas, que con una precisión increíble abre el libro y llega rápidamente a la página mencionada.



Nos cuenta entonces la dura vida que el reciente médico debió enfrentar para sobrevivir. Trabajos esporádicos que iba consiguiendo, jornadas de hasta doce horas y una paga que no llegaba a los 2 dólares diarios. Todo esto sumado a la difícil situación de convivir con su asma, enfermedad que le provocaba fuertes recaídas en las que no podía salir de su habitación en la pensión donde vivía. A la vuelta de su viaje a El Salvador, donde Ernesto fue a renovar su visa, trabajó un tiempo en la Carretera del Atlántico. Para Myrna, este hecho fue muy importante ya que el proyecto conformaba uno de los tres objetivos principales que el gobierno guatemalteco buscaba concretar: la reforma agraria, la construcción de una sola central hidroeléctrica para abastecer a toda Guatemala -que estaba en poder de los norteamericanos- y la tercera, la carretera para conectar la Capital con el oriente y nororiente del país, que fue terminada en 1959.

Ya no hay vuelta atrás

A pocos meses de su llegada, los rumores sobre un inminente ataque de las fuerzas norteamericanas al gobierno de Árbenz eran cada vez más fuertes. Diez años de gestiones populares y democráticas eran mucho dentro de un contexto de frecuente inestabilidad política en la mayoría de los países americanos. Los privilegios sociales otorgados y la desobediencia al gobierno de los Estados Unidos tenían un costo político que Ernesto conocía y como muchos otros, quería impedir. "Se rumoreaba que estaba entrando la invasión por el lado de Honduras, formada por mercenarios nicaragüenses, dominicanos, guatemaltecos, todos bajo la orden de Castillo Armas, un coronel que se había escapado de la cárcel en la que había estado por intentar anteriormente un golpe contra Árbenz. Al poco tiempo lograron llegar a la capital", recuerda con tristeza la escritora.

Para hacer frente a la situación, todos los integrantes del Partido Comunista se reunieron y formaron dos brigadas, una de trabajadores y otra de estudiantes, que recibieron un rápido entrenamiento militar a manos de un muchacho nicaragüense llamado Rodolfo Romero. Ernesto se ofreció para hacer guardias por la noche ya que algunos aviones norteamericanos empezaban a volar por Guatemala para bombardear la ciudad y asustar a su gente. Fue Romero quien le enseñó a manejar la ametralladora, su única compañera durante las largas noches de vigilancia.

Aún con todos los esfuerzos puestos en proteger al Estado, los norteamericanos tenían en su poder gran cantidad de armamentos y un control casi total de la ciudad, por lo que Árbenz presentó su renuncia el 27 de junio de 1954 y el 8 de julio de 1954 Castillo Armas tomó el poder. Apenas asumió la presidencia, formó un comité especial anticomunista, que se encargó de meter en la cárcel a muchos adherentes del antiguo gobierno, entre ellos a Edelberto Torres y a Hilda Gadea. También organizó una quema masiva de libros, "quemaban cualquier libro que tuviera la portada roja", comenta Myrna. Mientras tanto, el Che había ido a buscar asilo a la Embajada Argentina junto con muchos otros refugiados comunistas. De su reciente experiencia sacó conclusiones determinantes para el resto de su vida: la lucha contra el régimen imperialista debía hacerse con armas, para depurar al ejército de todos los potencias golpistas.

Dicha institución logró comunicarse con la madre de Guevara, que se enteró de la situación en la que se encuentraba su hijo y le mandó ropa y 150 dólares que le sirvieron para escapar a finales de septiembre en un tren rumbo a México. Hilda ya había quedado en libertad y había tenido que emigrar a ese país, por lo que allí volvieron a reunirse al poco tiempo para después casarse y tener su primer hijo. De Guatemala se marchó un Che Guevara frustrado por el fracaso de lo que había sido su primera participación en las filas del partido comunista, pero con las convicciones suficientes para continuar por ese camino hacia la revolución, sin saber que le esperaba un destino de victorias que lo convertirían en el guerrillero más célebre de todos los tiempos.


"Todo esto del Che lo hago para difundir su espíritu, sus ideales, para mostrar que puede haber otro tipo de vida, otro tipo de juventud. Él es el mejor ejemplo, porque si hubiese querido ser un médico boyante podría haberlo sido aquí en Argentina o en la misma Cuba, firmando libros, viviendo bien, con carros, con dinero. Prefiero que esté muerto y tener todas estas cosas suyas para decirles", concluye Myrna.


 
Post date: 2017-12-09 08:00:45
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