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La meditación como herramienta liberadora




Por Diego Carballido

 

“A la tierra nos arrojaron
para construir el infierno
y entre las celdas más calurosas
andan cuerpos sin mañana
pero con el aura despierta”
 


Camilo Blajaquis


 

Un acto reflejo. La reacción que responde a una acción. Todos aquellos que han cometido un delito son encarcelados. Ahora bien, qué sucede con los detenidos una vez dictaminada su sentencia, cuál es la realidad de los reclusos en los distintos penales o cómo repercute en su vida la estadía en el encierro son materia opinable del imaginario colectivo. Pocos saben cómo transcurre la cotidianidad en las unidades penitenciarias y hasta dónde llega el compromiso del Estado por ofrecerles herramientas, prácticas o cognitivas, que representen un verdadero cambio en la vida de los detenidos.

Con estos interrogantes, decidimos formar parte de una delegación de talleristas, con experiencia en el trabajo carcelario, que realizó una práctica novedosa dentro de los penales de la zona: una clase de yoga con los internos. Sí, yoga. “Hay que sacarle el estigma que se trata de una práctica de elite. El yoga puede ser muy bueno para tratar problemáticas como las adicciones” nos dice Ann, con un acento que delata su procedencia extranjera.

Ann Moxey es una de las precursoras en implementar este arte milenario entre los reclusos de distintas cárceles de Latinoamérica. Tiene una historia muy particular, es una periodista mexicana que se desempeñó durante muchos años como corresponsal de guerra. La profesión le permitió tener contacto con las realidades más crudas, en zonas de conflicto bélico, pero también le generó un desgaste que la obligó a buscar alternativas que le permitan mejorar su calidad de vida. Hace más de quince años que se convirtió en una Maestra de yoga reconocida en todo el mundo, y además en una psicóloga especialista en adicciones. “Es necesario que los profesionales se especialicen en el tema de las adicciones porque requiere de mucho conocimiento afrontar este tema” nos dice Ann. A partir del 2003, tuvo la iniciativa, desde su Fundación Parinaama, de trabajar de manera voluntaria con reclusos de los penales mexicanos. “Estuve en la cárcel de Topo Chico, en Monterrey, dando este mismo taller para cientos de reclusos” cuenta mientras observa el lugar: “Es impresionante como se asemejan todos los penales”.

La convocatoria de Ann surgió de parte de los integrantes del equipo del Programa de Educación en Cárceles de la Secretaría de Extensión y Vinculación de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNR. Un grupo de profesionales que, desde hace años, viene realizando experiencias de distintos talleres en los penales de la ciudad y que, para esta ocasión, escogieron la Unidad 11 de Piñero. “Estamos muy contentos de poder hacer esta actividad acompañados por Ann. Si todo sale bien, la idea es que podamos continuar nosotros el año próximo, de manera regular” relata Iris Zordán, una de las talleristas.

Del otro lado de  las rejas

Desde las calles internas del penal de Piñero, a la vera de la ruta 14, se distinguen las ventanas de las celdas y emergen en lo alto, los puestos de vigilancia rodeados de muros alambrados. “Preferimos hacer esta experiencia por la tarde, cuando hay menos movimiento dentro de la Unidad” nos explica Iris. El reloj marca la hora 15. Recorremos un pasillo largo, acompañados por un guardiacárcel, a través de las ventanas enrejadas vemos las parcelas de césped que separan los distintos pabellones y hasta un pequeño sembrado que intenta ser una huerta. Atravesamos una puerta, luego otra, hasta que nos recibe un oficial en una garita. Nos piden nuestros nombres y los anota en una libreta. A sus espaldas, un pequeño televisor muestra un canal de noticias y al costado, colgadas, se ven unas llaves enormes. Caminamos hasta un galpón que se asemeja a un gimnasio; podemos sospechar que se trata de un lugar de esparcimiento solo por la silueta de un arco de fútbol pintada en la pared, el resto está todo vacío.

—¿Es aquí?- Pregunta Ann.

—Creería que sí, deben estar por llegar los internos- contesta una de las talleristas.

El resto del equipo que nos acompaña acomoda las colchonetas, de manera que la clase pueda comenzar ni bien estén todos presentes.

Namasté

Unos veinte internos nos saludan y se van acomodando en ronda para presentarse. “Vengo del otro lado del mundo para compartir esta experiencia con ustedes” les dice Ann; los internos la observan y, poco a poco, comienzan a presentarse. En su mayoría, no están muy al tanto de qué se trata, pero los movilizan las ansias por participar de una actividad que aplaque un poco la monotonía del encierro.

“Yo hice radio en la Redonda –la Unidad III de Zeballos y Ricchieri-, cuando necesiten un conductor bueno, avisame” me dice Lucas y automáticamente me da la presentación del programa que hacía, con otros internos, en la FM Aire Libre. “Una vez leí un libro, creo que era sobre yoga” dice otro.

Ann empieza a plantearles las primeras posturas y a cada movimiento le da una explicación, una razón física, una alternativa de solución para  problemas como el enojo o la ansiedad. Si bien, las primeras directivas son recibidas con cierta desconfianza, los internos lentamente van respondiendo a las propuestas de Ann. Un dejo de calma y paciencia predomina en las palabras de la instructora mexicana, pero no duda en ponerse firme con aquellos que se van dando por vencidos frente a la complejidad de algunas posturas.

El tiempo empieza a pasar y casi sin darnos cuenta, la mayoría de los internos están completamente entregados a las palabras de Ann y de los talleristas que también van acompañando cada una de las posturas.

El sol ingresa desde lo alto de unos ventanales enrejados y, por un momento, un silencio meditativo invade todo el gimnasio. Sólo se atreven a romper esa atmósfera unas palomas que se posan sobre los umbrales y se convierten en espectadoras de privilegio de la escena. La clase logra tal grado de concentración que pocos advierten las miradas intrigadas de unos guardiacárceles que se aseguran de que todo esté en orden.



Ya es la hora

Sobre el final de la clase, todos están sentados contra una de las paredes, mostrando cierto cansancio, pero alivio a la vez. “Debieran ver, por ustedes mismos, como les cambio el semblante en sus rostros” les dice Ann, con una sonrisa que refleja la satisfacción de haber cumplido con su objetivo.

Finalizada la experiencia, los internos se funden en un abrazo con los talleristas. Parecen aprovechar hasta el último minuto antes de volver a sus celdas. Uno de los guardiacarceles nos señala la puerta de salida y, a nuestras espaldas, escuchamos como los internos nos despiden con un aplauso que resuena en el vacío del gimnasio.

La satisfacción ahora es compartida por todos los talleristas. Se van con la promesa de volver, el año próximo, para poder repetir lo vivido durante esta jornada.

 

Fotografías: Damián Boccolini
Post date: 2017-11-07 16:27:35
Post date GMT: 2017-11-07 16:27:35

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